Además del color, siempre muy vivo, en modelos fucsias, naranjas, rosas, rojos, amarillos limón o verdes ácidos; y la abundancia de exquisitos bordados, el modisto jugó con la idea de vestir y desvestir a la vez a sus maniquíes.
El lugar, intimista, se prestaba muy especialmente para ello, para acoger una colección en la que sujetadores, corsés, ligueros y combinaciones de seda y puntillas, lucían con personalidad propia por un aparente olvido o plenamente incrustados al modelo.
Incluido el vestido de novia que cerró el sorprendente cortejo de bellezas que es siempre un desfile de Galliano para Christian Dior. En el caso del traje nupcial, el corsé, aparente en su parte superior, parecía plenamente integrado al conjunto sobre su inmensa y voluminosa falda de tul blanco.
Importantes volúmenes, en la parte superior o inferior, en la espalda de una blusa o en forma de falda globo, a veces asimétricos, sobre un hombro; conjuntos entallados; ligueros-minifalda; y abundantes transparencias fueron otras características de la colección.
