Mientras se prepara para volver al horario central de la TV con una
comedia romántica, CELESTE CID habló en exclusiva con Bazaar sobre su
presente y los meses que la tuvieron alejada del medio. El último año no
fue uno más en la vida de Celeste Cid (28). A pesar de ser una de las
actrices más interesantes de su generación, la noticia en ese tiempo no
fue su gran trabajo en TV o en cine, sino su internación en una
comunidad terapéutica y los días que pasó en una clínica psiquiátrica.
Y, aunque detesta hablar de su vida privada, sabe –y se lo hacen saber
cuando, por ejemplo, una guardia periodística la espera a la salida de
su sesión de terapia– que todo el mundo se pregunta qué le pasó. No
tiene preparado un speech sobre el asunto y el tema de su adicción la
incomoda. Sentada a la mesa de un café, frente a un capuchino humeante e
intentando mantener el buen humor, solo atina a decir: “Fue un momento
bravo, pero tenía que ser así. Hay que bancarse ese proceso, te tenés
que meter muy adentro tuyo, con cosas que no están en la superficie y
que hay que tener la voluntad de ponerse a revisar”. No le importa
aclarar si fue una sobredosis lo que la llevó a internarse cinco meses
en una comunidad terapéutica, si su adicción era al paco, a las
pastillas o al alcohol. Solo aclara que fue por voluntad propia que
decidió frenar y cuidar su salud (“En definitiva, fue un problema de
salud”, justifica). “Creo que hay un momento en el que te cae la ficha y
lo tenés que hacer. Nadie puede obligarte, y eso aplica a cualquier
ámbito de la vida. Cuando uno no tiene la voluntad, no funciona. No
podés decir: ‘Quiero que mi hijo estudie tal cosa; no va a servir si a
él no le gusta eso’”. Hoy Celeste retomó su vida normal. Vive con su
hijo André (7) –fruto de su relación con el músico Emmanuel Horvilleur–,
se levanta tempranísimo para prepararle la vianda para la escuela, lo
escucha con paciencia cuando le habla con fanatismo de Vélez –el equipo
de sus amores–, lo acompaña a sus actividades y, por ahora, le hace caso
en eso de no tener novio (“El sabe que un novio roba tiempo de mamá”,
cuenta). Pero, además, la actriz está trabajando con el director de
teatro y coach de actores Willy Lemos y tomando clases de baile para
interpretar a Camila, la protagonista de Sos mi hombre, la nueva tira de
Pol-Ka, que irá en el prime time de Canal 13 a partir del mes que
viene. “Está bueno porque es una novela pero no es un drama, es una
comedia romántica. Mi personaje es una pediatra con pasión por el baile,
defensora de causas sociales, que trabaja con chicos y atiende en un
comedor”, cuenta la actriz con el libro en mano. El papel de galán, esta
vez, le toca a Luciano Castro –que ya había trabajado con ella en
teatro–. El es Ringo, un ex boxeador y bombero voluntario del cuartel
general local, que sueña con volver a subirse al ring. La última vez que
Celeste participó en una tira diaria fue hace nueve años, en Resistiré,
en la que interpretaba a la inolvidable Julia Malaguer. Tenía solo 19
años, pero su personaje debía aparentar varios más, y se cortó el pelo.
Fue un éxito –el corte y el programa–. Ella siempre fue así,
comprometida con sus trabajos. Jura que es de las que llegan con la
letra estudiada y le encanta investigar sus papeles. El año pasado, por
ejemplo, se pasó meses aprendiendo alemán por fonética para filmar, en
Berlín, la película El amigo alemán, dirigida por Jeanine Meerapfel.
“Para cada rol vas encontrando adentro tuyo un montón de maneras de
transmitir la seriedad, la alegría, formas y facetas para explorar. A
Sulamit –la protagonista del film–, le puse una voz muy femenina, por
ejemplo. Venía de ponerle el cuerpo a Malena San Juan (su personaje en
para vestir santos, la serie escrita por Javier Daulte, donde compartía
cartel con Griselda Siciliani y Gabriela Toscano), que hablaba más
grave, tipo pibe”, explica ahora. La hermana menor de las San Juan fue
otro de sus trabajos memorables por la actuación, por las
características de un personaje complejo, pero también por la frase que
–fuera del set– le supo regalar a los medios, enloquecidos con sus kilos
de más: “Señores, no estoy embarazada, estoy gorda”, tiró, y fue tapa
de las mismas revistas que una semana antes habían publicado que
esperaba un bebé. “Nunca tuve mucho mambo con mi cuerpo, pero se dijeron
tantas cosas… Yo no soy una persona que suela salir a hablar o a
aclarar nada, pero por ahí está bueno decir que problemas con mi cuerpo
nunca tuve”, cuenta, sin problemas de reconocer que en esa etapa llegó a
aumentar 16 kilos. “Ojo, aunque no era un problema, nunca dejé de
registrar que era un tema. Imaginate, de repente, tener el peso de un
embarazo. Había días en los que me sentía una morsa, obvio, como le
pasaría a cualquier persona”. Si en Para vestir santos le prestó su peso
a Malena –“le sentaba bien”, bromea–, el personaje, a su vez, le dejó a
Celeste algunas prendas en su guardarropa. “Era algo aniñada; por eso,
al principio, le busqué muchos vestiditos. Me parece que es fundamental
para armar el personaje saber cómo se viste”, dice. Así que, además de
recorrer ferias americanas, se juntó con su amiga Lucila Pousada para
idearle diseños exclusivos a Malena, como faldas tableadas, camisas
estampadas y vestidos naifs. “Un poco me mimetizo con los personajes y,
en algún momento, me vestía de Malena. El otro día, justamente, vi unos
vestidos y pensé en agarrar la tijera y hacerles unos arreglos” (sí,
Celeste confiesa que, en otra época –antes de tener a su hijo–,
customizaba su propia ropa y hasta se animaba a confeccionar prendas de
cero). Además de algunos outfits de sus personajes de TV, su placard es
una mezcla de estilos, y ella tiene una buena argumentación al respecto:
“Mis elecciones dependen del humor del día. Hay momentos en que me
visto así –jeans, camisa y zapatos abotinados con plataforma– y otros en
los que prefiero un vestidito rosita, dulce, con medias y zapatitos”,
confiesa. Entre las perchas hay monos estampados que se trajo de su
viaje a Alemania y muchos, muchos vestidos. “No necesariamente busco
marcas. De acá, me gusta la ropa que tienen Allô Martínez y Delaostia.
Pero, si tengo que elegir un diseñador, es Pablo Ramírez –confiesa–: es
un artista, me vistió varias veces y, además, le tengo un cariño
especial porque tiene a nuestra hija, una muñequita de trapo de Audrey
Hepburn que le traje de un viaje”.
No todo es actuación en su
vida. Alguna vez publicó un libro con collages (Hiel) y asegura que
tiene uno con textos suyos, escrito de principio a fin. “Está impreso. A
los que se lo di para que lo leyeran, les gustó, pero todavía me da un
poco de impresión publicarlo; lo siento bastante íntimo”, afirma.
También la música tiene un papel fundamental en sus días. Muestra la
mano y la bolita que le salió cerca de la muñeca por pasar horas en el
piano, como prueba de su disciplina y compromiso con el instrumento.
“Tocaba cuando era chica pero, ahora, estoy aprendiendo a leer
partituras con una profesora, que me enseña obras clásicas de Chopin y
de Mahler. Nunca le había dado el espacio y estoy haciéndolo a la vieja
escuela; soy reestudiosa, un poco obsesiva, diría”. La música, revela,
tiene que ver con ella, con quien realmente es y no solo con las
distintas parejas que pasaron por su vida. Para que no queden dudas,
aclara: “Ahora la música soy yo. Lo de los novios no va más. Música en
mi vida sí, pero mía”.
Si me dan a elegir...
Perfume: “Miss Dior”.
Diseñador: “De acá, Pablo Ramírez. De afuera, Roberto Cavalli”.
Maquillaje: “Poco. Solo delineador y un gloss para los labios”.
Prenda fetiche: “Unas botas de cuero de media caña que caminan solas, pero no las puedo tirar”.
Un libro: “Tengo una biblioteca gigante, me encanta leer. Ahora estoy con uno de Clarice Lispector”.
Un disco: “Ladies of the Canyon, de Joni Mitchell”.
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